Historia contada con libros de caza

En estos días de silencio, soledad y esfuerzo, donde se acabó el alboroto, se agolpan recuerdos de caza, como lejanos lances en sepia.

Pasan las semanas de domingo a domingo, echando de menos diálogos de montería y otros relatos de caza, hablando de personajes serreños y hombres monteseros.

Extrañamos batir monte entre umbrías y solanas, a través de las trochas de la sierra bravía que recorren los montes de la mancha.

Montear en Córdoba, desde puestos de testero, oyendo el sonido del trabuco y la caracola y las campanillas de las rehalas.

En esta primavera sombría envuelta en un mar de nubes que anuncia la flor de la jara, deberíamos estar pensando en cosas de corzos y en ese simpático trofeo que a todos nos tiene cautivados.

Como buenos lunáticos amantes de la caza del jabalí estaríamos buscando el silencio con la luna por testigo para encontrarnos con el magnífico solitario.

¡Qué no daríamos por un amanecer en Gredos contemplando la elegancia del macho montés o acercarnos al Pirineo y sus sarrios para tener conversaciones sobre el!

Al alcance de la memoria, recordamos cacerías lejanas por los 5 continentes.

Safaris africanos tras la pieza reina, acompañados  de aquellos cazadores blancos de marfil que son ya hombres de leyenda. Esas verdes colinas en el África oriental inglesa donde andábamos por sendas incógnitas sobre la pista de animales salvajes acompañados del canto del Hamerkop. Así es el África incierta, el último de los pocos continentes misteriosos donde todos matan.

Nuestros viajes nos llevarían a Indochina a la tierra del Dragón y acompañados de shikaris nos enfrentaríamos a tigres y devoradores de hombres.

Buscaríamos a Nanuk en una expedición ártica o los renos del Canadá en gélidas cacerías en Siberia,  siguiendo las ancestrales costumbres de la caza nórdica.

Para alcanzar la estrella más alta seguiríamos la senda del argali por laderas agrestes para tener nuestro safari en las cumbres.

Unas cacerías de locos para los amantes de altos vuelos quienes buscan sin descanso por el alto Himalaya, el escarpado Cáucaso o el bucolismo de los Alpes, poner en la cruz de su anteojo ese trofeo de capra.

En la memoria de un cazador de escopeta y perro de caza, quedan esos días de media veda, de torcaces y cimbeles y de salir con la escopeta al hombro tras las perdices del domingo.

Pero muy pronto, al romper el alba tendremos el viento a favor para disfrutar de mil días de caza en nuestra España agreste. Madrugaremos como Don Quijote y recorreremos manchas de caza mayor, asistiremos a monterías en la raya o al otro lado del estrecho, compartiremos narraciones de un montero y grandes cacerías españolas desde Doñana al Pirineo.

Mientras tanto para garantizar la grandeza y el futuro de la caza debemos hacer escuela, escribiendo nuestras memorias en nuestro primer libro de caza.

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